Visto de negro desde el día siguiente de tu muerte. Algo de gris por ahí, una vez blanco.

En realidad no lo hago como un homenaje ni una muestra de mi dolor. Lo hago porque me resulta más fácil.  En días en los que el vacío de tu ausencia me hace difícil hasta respirar, abrir el armario y juntar dos piezas negras cualquiera para vestirme e ir a trabajar me resuelve la vida.

Visto de negro porque así no tengo que pensar si esto combina con aquello. Si la cartera, si los zapatos, si el collar. Nimiedades. Tonterías.  Tú me faltas y eso es lo único importante.

Creo que para eso sirve el luto, para dejar de pensar en tonterías.  Para dejar de pensar y tal vez, así, dejar de sentir.

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Treinta días han pasado desde que respiraste por última vez y pusiste tu cuerpito agotado a descansar. Yo creo que partiste mucho antes, incluso antes de que cayeras dormido para ya no despertar.

Y creo que el quedarte tanto tiempo fue tu acto final de amor hacia nosotros, nos preparaste para tu ausencia dándonos tiempo para contarte al oído todo lo que nos faltó por decirte en vida, para que sintiéramos que hicimos todos los esfuerzos posibles para que te recuperes. Nos regalaste tiempo para despedirnos.

En estos días sin ti he sentido tanto orgullo de ser tu hija, he recibido todo el cariño que sembraste en tu gente papito, esa que cuidaste, que curaste y que no te olvida. Estoy segura de que tu fama ya se ha extendido también en donde estás y Dios ya debe haberte reconocido.

También he iniciado proyectos nuevos, tengo el propósito de ser más cuidadosa y prolija y tener todo archivado y en orden como las carpetas y cajones que encontramos en tu estudio. Tan tú papito, tan tú como quiero ser yo. ¿Ves? Me sigues enseñando a ser mejor.

Ha pasado solo un mes desde que te fuiste y el dolor se siente como ayer, el vacío dejado por tu ausencia me tiene helado el corazón. Hoy solo puedo pensar que no importa si es un mes, o un año o diez, saber que viviré el resto de mi vida sin ti me tiene sin consuelo.

Te extraño pa…

Voy a intentar leer esto sin quebrarme.

Todos pensamos que tenemos el mejor papá del mundo.

Y debe ser cierto.

Yo no vengo aquí a decir lo obvio.

Solo quiero compartir dos o tres cosas sobre el ser excepcional que tuve la suerte de tener como papá.

Mi papá se llamó Galo Aurelio Fuentes Contreras, hijo de Galo y Juana, hermano de Inés, Marujita y Bertha, esposo durante 64 años de Michita, padre de Gustavo, de Pablo, de Mónica y mio, papá elegido de Patricia, Juan Carlos y Anita, abuelo de Gustavo, de Carla, de Esteban, de Luis Emilio, de Martin, de Matias y de Maria Paula, abuelo heredado de Chloe y Charlotte. Bisabuelo de Tomàs, de Andrès y de un bebé que aun no nace.

Fue durante casi 40 años el mèdico de un pueblo llamado San Lorenzo, enclavado en las costas de esmeraldas, cerca de la frontera con Colombia.

Llegó siendo médico de los ferrocarriles del estado y se quedó, fue profesor de la escuela, del colegio, rector de ese mismo colegio, fue alcalde encargado, fue concejal, fue padrino de cientos de niños que trajo al mundo, fue amigo, confidente, guía y consejero. Recibió la condecoración San Gregorio Magno de las manos del Papa Juan Pablo segundo, por su labor.

Y hablar de él en pasado me rompe el alma.

Pero eso también es obvio.

Solo les quiero contar lo siguiente:

Imaginen la lluvia en la costa, imaginen el ruido sobre un techo de zinc de una casita prefabricada en la ciudadela, imaginen esto en una noche sin luz y de pronto, los golpes en la puerta, el familiar de un enfermo viniendo a buscar ayuda. Y mi papá saltando de la cama, vistiéndose en un segundo, saliendo en su moto que antes fue una motoneta, y antes una bicicleta y al principio a pie, volado a atender a quien lo necesitara hasta cuando lo necesitaran. Yo tuve un papá que vivió el compromiso de ser medico más allá de lo esperado.

En San Lorenzo no llegaba la señal de la televisión ecuatoriana. Cuando mi papá estrenó televisión solo se podía ver los canales colombianos que eran dos. Imaginen que esta televisión no tenia control remoto ni cable por supuesto. El mismo instaló un antena sobre un bambú de unos 4 metros de alto con una especie de palanca que movía el bambú y cambiaba de canal. Yo tuve un papá recursivo, hábil, brillante. Que todo lo arreglaba, que todo lo curaba.

Imaginen un domingo cualquiera en misa, uno llega, busca la hojita de las lecturas. Imaginen mi sorpresa al encontrarme con la historia de mi papá reseñada para Luz del Domingo como ejemplo de su entrega y sacrificio. Yo tuve un papá de altares.

Y así podría seguir con miles de historias.Y aun así no alcanzaría a describir el tipazo que fue mi padre.

Solo quiero terminar repitiéndole frente a Dios y frente a ustedes lo que le dije tantas veces al oído en los últimos días, que le vamos a hacer sentir orgulloso de nosotros siempre, que vivió la mejor vida posible, que fue el mejor hijo, el mejor hermano, el mejor esposo, el mejor padre y abuelo que pudo haber, que vamos a cuidar de mi mami, que nos vamos a cuidar entre nosotros, que vamos a estar bien.

Y que no olvidaremos nunca que tranquilidad viene de tranca.

Origen: Pesadilla

¿Qué tan perdido puede uno andar por la vida antes de que todos se empiecen a dar cuenta?

¿Qué tanto puede uno tropezar mientras camina a tientas en un tunel sin luz y sin final?

¿De cuántas caídas uno puede levantarse sin que el mundo que se lleva encima resbale de las manos, ocupadas con el polvo del camino, y se haga pedazos?

Y ¿con qué ojos se mira a los que te siguen cuando entiendan que nunca supiste donde hacia dónde quedaba el norte?

Mejor convéncete de que esto es una pesadilla. Mejor despierta.


Y sigue caminando. 

  

Tal vez eran otros tiempos. No. Definitivamente lo eran. Yo, en ese entonces, vivía encerrada en una suave y confortable burbuja, rodeada de gente querida, con una fe inocente y con las instrucciones clarísimas de que el mundo estaba dividido entre buenos y malos. Y yo era de los buenos.
Así vivía yo cuando el Papa Juan Pablo Segundo visitó mi país.
En esos tiempos, todos o la gran mayoría de los que yo conocía íbamos a ir a ver al Papa pasar en un papamóvil blanco repartiendo bendiciones. En mi colegio, preparamos durante un mes una serenata en italiano para cantársela. (non abbiate paura spalancate le porte senza paura della vitta senza paura della morte) Y se la cantamos no una, sino dos noches, ahí, a los pies de una ventana, en la vereda frente a la Nunciatura Apostólica, y en donde, en algún momento, vimos un movimiento de cortina que nos hizo gritar de emoción.
Mis papas fueron a la misa en La Carolina y estuvieron cerquita de él. Todos bajamos a verle pasar por la Amazonas. Y yo, junto con mis amigas y compañeras, fuimos al estadio a la reunión del Papa con los jóvenes.
Fueron tiempo emocionantes, alegres y llenos de bendiciones.
Hoy, 30 años más tarde, espero con la misma emoción la venida del Papa Francisco. Pero de la burbuja ya no queda nada. Casi nadie de los que conozco va a ir a verle. Si tú dices que vas en vez de salir de la ciudad a la playa recibes miradas de reprobación, de esas que dicen “que looser”. O recibes todos las críticas y los malos augurios posibles: qué frío, qué pereza, no vas a poder entrar, tanta gente junta, como ¿caminando a las 3 de la mañana?
La ciudad estará sitiada, ni pensar en acercarse a la Nunciatura. Los accesos están bloqueados desde el domingo de madrugada aun cuando el Papa llega por la noche.
Mientras el gobierno usa la imagen del Pontífice para fines políticos, yo inevitablemente recuerdo que el curso de mi cole fue el encargado de empapelar las ventanas de los edificios de una cuadra de la avenida principal por donde el Papa Juan Pablo pasaría con unos afiches que tenían su escudo: Totos tuus. (Todo Tuyo. El se lo decía a la Virgen) y un BIENVENIDO gigantesco.
Esta vez, Francisco llega a un país dividido, que se grita en las calles, frases llenas de odio. Esta vez el Papa es la tensa pausa de la tormenta. Y no sabemos que pasará después.
Ni la fe ni yo ya somos inocentes. Me he equivocado una y mil veces. No estoy segura de a que bando pertenezco hoy, supongo que más al de los malos si saco con honestidad las cuentas.
Y en medio de este ambiente hostil, busco desesperadamente volver durante unas horas a la burbuja segura, encontrar esa fe nuevita y creer que todos esperamos con emoción la bendición del Vicario de Cristo que nos viene a visitar.
 
 

                
                
    
                

                

                

      
 

Te dijeron “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan” y todos los días pasa exactamente lo contrario, a veces con conciencia, otras veces sin querer. Y la conciencia te pesa, te atormenta, te duele pero no te hace cambiar de parecer.

Te explicaron que todo era pecado, que mucho estaba prohibido y te ocultaron el placer que generan justamente lo prohibido y lo indebido.

Te contaron de la paja en el ojo ajeno que taparía la viga en el propio y se encuentran por todo lado, ciegos con los ojos llenos de pajas, de vigas, de ego.

Te enseñaron que el trabajo con esfuerzo trae recompensas. No te dijeron que no siempre es así y que a veces, la suerte o la viveza son las que logran los resultados.

Te advirtieron que más rápido cae el mentiroso que el ladrón y ves que los dos pueden transitar por la vida frescamente sin que nadie se dé cuenta.

Te dijeron que a la gente buena le pasan cosas buenas y se han visto “santos” llorar pidiendo piedad al cielo para que pare el dolor de las más grandes injusticias. Y tal vez con más frecuencia se ven “santos” riendo de la última diablura del día, pensando ya en la siguiente.

Te repitieron que el ojo por ojo se paga con el diente por diente y al parecer 100 muertos de un lado igualan a 1000 del otro.

Te hicieron repetir una y otra vez que el bien está sobre el mal, que tarde o temprano la justicia brilla, que Dios tarda pero no olvida, que no te va a mandar más de lo que puedas soportar, que no hay mal que por bien no venga, que golpearás y se abrirá ante ti, que busques porque encontrarás, que pidas porque te será concedido. Y no alcanza la vida cargando tal cantidad de esperanza en medio de tanto desengaño.

Te dijeron que la vida no es fácil.

Y probablemente eso sea en lo único que no te mintieron.